El sábado 4 de junio pasado se desperezó el volcán chileno Puyehue. Mientras en Chile enfrentaban las consecuencias de la difusión de una lava viscosa, en la Argentina padecíamos las consecuencias de la caída de cristalinas cenizas. Este fenómeno ha provocado notables pérdidas cuantiosas a las empresas involucradas, entre las que figuran líneas aéreas y cadenas de hoteles. También han sido víctimas aquellos particulares que han visto cómo se frustraban vacaciones, negocios y hasta encuentros familiares por una cuestión inmanejable y que además se gestaba fuera de nuestro propio país.

Como siempre que ocurren episodios como este se abre, al mismo tiempo, un abanico de oportunidades que no puede dejar de ser tenido en cuenta. Un ejemplo parecido ha ocurrido el 11 de marzo de este año, cuando un terremoto sacudió a Japón y semejante tragedia modificó las relaciones comerciales entre amigos, socios y enemigos de la potencia amarilla. Paralelamente, dejó planteadas oportunidades para distintos países del mundo que salieron a cubrir las necesidades japonesas.

El ensañamiento de las cenizas chilenas con la vida argentina ha empezado a notarse con la llegada del frío. Las expectativas del turismo en el sur del país ni se acercan a las previsiones que se vienen sucediendo año a año. Bariloche está recibiendo a los contingentes de jóvenes que alimentan la costumbre de que en su último año de secundario disfruten de unos días de nieve rionegrina. Sin embargo, los primeros registros anuncian que la temporada no será la de siempre.

Las empresas de turismo han empezado a tomar recaudos de esta realidad. Tanto en Córdoba como en la zona norte de la provincia las consultas de los turistas son una oportunidad que ofrece un julio diferente a la de todos los años para los tucumanos.

Es sabido que la llegada de este mes histórico pone a la provincia de punta en blanco para recibir a miles de turistas. Esta vez podría ser mayor a raíz del inesperado fenómeno telúrico. Las posibilidades que se presentan generan obligaciones no sólo en las autoridades gubernamentales que tienen a su cargo la política turística sino también a cada uno de los ciudadanos. Son ellos los que tienen el gran poder de conseguir que el visitante se sienta a gusto y disfrute. Son los anfitriones los que pueden promover nuevas visitas o también se pueden convertir en los que ahuyenten a los recién llegados a nuestras tierras. Es un momento en el que los tucumanos no deberíamos fallar. El granito de arena a aportar aparece en un café, en una inesperada pregunta callejera, en un semáforo, así como en la claridad y precisión de las señales indicativas y, obviamente, en la prevención, para evitar riesgos.

Ayer un lector se quejó de las tarifas hoteleras que le ofrecieron a un grupo de familiares que había suspendido su acostumbrado viaje al sur para cambiarlo por los cerros tucumanos. Los valores superan en un 100% los que había dos meses atrás. El turismo no es una oportunidad para esquilmar al visitante sino un abrazo para recibir nuevos afectos.

La política de brazos abiertos depende de la actitud diaria de cada uno de los ciudadanos y de la prudencia que deben tener, principalmente, aquellos que viven de esta industria. Vale la pena el esfuerzo para que julio sea una oportunidad aprovechada y no desperdiciada.